Comienza el curso escolar, que en los últimos años ha sido un acontecimiento que me ha llenado de entusiasmo, que ya saben que se puede definir como la intensidad alegre que merece lo valioso (J.A.Marina). Y no por casualidad la educación está ocupando espacios cada vez más amplios en los medios de comunicación, tanto escritos como audiovisuales. Algunos esperan que sea la solución a la crisis. Otros, como escuchaba hace poco en noticias Cuatro, esperan incluso que termine con el fenómeno del botellón, que parece haber enfrentado a un grupo de vecinos de Pozuelo con la policía en una auténtica batalla campal. Y como colofón, parece ser posible un acuerdo entre PSOE y PP sobre temas educativos. Cómo tengo muy claro que para educar a un solo niño hace falta la tribu entera, no le pido peras al olmo, y no espero, por supuesto, que la escuela sea la panacea que nunca ha sido. En todo caso, me alegra que las miradas y el debate recaigan en este terreno, porque es interesante preguntarse sobre el papel de la escuela.
Hace poco le atribuía tres características a la escuela creativa: la primera es que el principal objetivo del sistema educativo debe centrarse en el crecimiento personal y en la dirección autónoma del comportamiento propio hacia un objetivo fundamental: la felicidad. Es decir, el principal objetivo de la escuela es ético; la segunda es que igual de importante que la adquisición de conocimientos es la adquisición de herramientas para la buena dirección del conocimiento adquirido; y la tercera es que una herramienta indispensable para la buena dirección del conocimiento es la CREATIVIDAD, pues permite la elaboración de respuestas y soluciones nuevas ante situaciones no previstas, es decir, ante la vida (La escuela creativa). Sin embargo, falta un impulso que movilice todas estas cualidades una vez adquiridas y las ponga en acción. No existe la creatividad del sofá. Ampliar nuestras posibilidades siempre implica una cierta renuncia de bienestar, aunque el resultado sea un bienestar multiplicado, y todos sabemos que superar la pereza conlleva un esfuerzo, un impulso de nuestro ánimo.
Quiero defender con este artículo que la alegría es una obligación del docente, pero antes de entrar al trapo copio un texto extraído del prólogo del libro Aprender a vivir de José Antonio Marina. Si no entienden muy bien a qué viene, lo entenderán después.
Otros tantos (padres) se declaran angustiados y transfieren la responsabilidad a la escuela. A su vez, la escuela se declara también impotente y devuelve la responsabilidad a los padres. Y ambos, igualados en esa impotencia, acaban por echar la culpa a la televisión. Cuando llega su turno de excusas, las empresas de televisión dicen que ellas dan lo que el público pide, y devuelven una vez más la pelota al campo de juego (...). Así anda el patio.
Así anda el patio y así comienza este curso: con una comunidad educativa que tiene como punto de partida una desconfianza desastrosa entre los distintos agentes que participan, lo que está degenerando en un pesimismo atroz sobre las posibilidades de la escuela. El profesorado universitario se queja del escaso nivel con que llegan los estudiantes de bachillerato, a lo que responden los aludidos con las carencias que arrastran los alumnos cuando vienen de la E.S.O.; por su parte, profesores y profesoras de secundaria dicen tener que lidiar con las lagunas no superadas por su alumnado en Primaria, y este profesorado, a su vez, se queja del escaso apoyo que recibe de las familias. La conclusión es un mal punto de partida, donde el alumnado es un obstáculo a superar en lugar de la principal motivación y la causa de la existencia del sistema educativo. Este resultado nos deja una escuela que no está definida por el fracaso escolar, como quieren hacernos creer algunos milenaristas de la pedagogía, ni por la violencia, sino por la tristeza y el pesimismo. Hoy nadie espera acertar en este sistema educativo en que todo parece estar en contra. Incluso los alumnos aventajados piensan que el sistema educativo falla.
Si Habermas y los partidarios de la corriente dialógica tienen razón- y yo creo que en esta cuestión la tienen- las estructuras en las que introducimos a los educandos tienen una influencia mayor en su desarrollo moral que el contenido del mensaje moral que les trasladamos (y esto es aplicable a otras facetas del desarrollo personal del niño). Dicho de otro modo, una escuela estructurada para salvar el obstáculo del alumnado, con el pesimismo como punto de partida, no será capaz de estimular el entusiasmo a pesar de que sea capaz de trasladar un mensaje entusiasmador; y si lo hace será a duras penas.
Tengo que reconducir el tema. Decía que la alegría es una obligación del docente porque creo que esa energía capaz de movilizar el ánimo y abrir el espíritu al conocimiento, aquella que nos dará el impulso hacia la creatividad en acción, es el entusiasmo, que como dijimos es una intensidad alegre. Nuestro mundo tiene una imperiosa urgencia de ciudadanos y ciudadanas en acción, pero trasladar este mensaje en las aulas nunca será suficiente. El reto es crear espacios alegres, motivadores, entusiasmadores, que con la práctica diaria refuercen el mensaje de la creatividad activa frente a la cultura del sofá y de la queja. Y en esta tarea tenemos varios frentes abiertos. Por un lado, la propia organización de los centros debe ser evaluada desde esta perspectiva, y modificada si es conveniente para generar estructuras amables, cercanas, participativas y alegres, que motiven y permitan la implicación de toda la comunidad educativa (padres y madres, profesorado, alumnos y alumnas, vecinos y vecinas). Pero, por otro lado, el profesorado es el que contacta de forma habitual con el alumnado, y su actitud será la pieza clave.
Un aula alegre, donde cada miembro de la comunidad educativa juega su papel con entusiasmo personal, y con el reconocimiento de los demás, es ya una estructura educadora con más valor que todo el temario de la asignatura de Educación para la Ciudadanía; porque de la estructura en la que insertamos al alumnado deriva un currículo implícito, oculto, cuyo valor a veces despreciamos, pero que es el protagonista en la sombra del desarrollo moral en la infancia. El impulso para la acción es un objetivo tan importante para desarrollar en los alumnos como cualquier materia del currículo, porque al final, nuestro alumnado debe ser capaz de alcanzar sus metas enfrentándose a los obstáculos como lo hace un buen navegante que “aún con la vela rota y desarmado y todo, repara las reliquias de su barco para llegar a puerto” (Séneca).