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Mostrando entradas de 2006

Una poética de la práctica

“La primavera es una niña que canta versos”, decía Rilke. Es pasmosa la capacidad de transfiguración poética sobre la realidad que tiene el hombre. Las especiales facultades de nuestra inteligencia nos permiten ver las cosas como son, pero también como podrían ser. Quizás este sea el mayor logro de la inteligencia humana. Su capacidad creadora permite elaborar un modelo de inteligencia, un modo más útil de ser inteligente. Y en eso estamos desde hace milenios.

Yo concibo la ética como el proyecto poético más grande en el que se ha enfrascado la humanidad. Representa los esfuerzos de toda una especie por escapar de la selva. En su nombre se han escrito versos horribles, pero también grandes antologías. La Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano resume la poética ilustrada, aunque sucumbe en su abstracción y su iusnaturalismo. Los poetas jurídicos del siglo XX pulieron esos errores en La Declaración Universal de Derechos Humanos, extendieron el ámbito jurisdiccional del derech…

Epstein-Barr

He pasado ocho días de balneario en el Hospital Universitario de Getafe. Al parecer, un tal Eptein-Barr ( un virus de la mononucleosis infecciosa bastante agresivo), ha estado usando mi hígado como si fuese un saco de boxeo. Resultado: hepatitis aguda por Eptein-Barr y mononucleósis infecciosa, una incomoda faena. Y mientras este ingrato inquilino se ha estado enseñoreando ante mis órganos internos como un púgil indomable, heme a mí, tirado en una cama, atendido como en un hotel de cinco estrellas, y sin poder disfrutarlo por culpa de la fiebre.
Es curiosa la rutina hospitalaria. Una vez dentro, en apenas unas horas, el mundo exterior desaparece. El universo se reduce a un pasillo por el que pasearse y una habitación, a un compañero y las visitas. Incluso los sueños recogen solamente ese material para tejerse, y el tiempo marca su propio paso, desoyendo el ritmo que trata de imponer el resto del mundo. Ya lo escribió Amin Maalouf: el tiempo tiene dos caras, dos dimensiones: la longitud…

Fundamentos para una ética laica

Nietche certificó la muerte de Dios. Tras él, ahora sin un fundamento divino, la moral quedó suspendida en una especie de limbo existencial de donde todavía parece no haber salido. ¿Qué sucede si, como dice el filósofo alemán, Dios ha muerto? Esto significa que la sociedad se seculariza y que ya no cabe apelar al mandato divino para imponer las normas morales. Algunos han encontrado aquí una panacea para esgrimir la inmoralidad como modo válido de conducta; otros, más preocupados por el destino del hombre, como el novelista Dostoievski, se conmovían asustados pensando que "si Dios ha muerto todo está permitido". Creo que es hora de echarle un poco de imaginación al asunto y tratar de levantar de una forma seria los cimientos fundamentales de la ética, sin apelar a Dios (porque es un concepto cultural que no toda la humanidad comparte por igual, ni en cuanto a su existencia ni en cuanto a su esencia) ni apelando al diablo del relativismo del "todo vale" (porque esto…

Por la boca muere el pez

Mi tía Charito es muy amiga del refranero. Recuerdo, de niño, haber escuchado perplejo sus continuas retaílas, siempre adornadas con esos aires de pedagogía de vieja escuela. Tenía, además, la fea costumbre de dirigirse a mí introduciendo sus frases con un irritante "niño". De ese modo, por ejemplo, una mañana en la que mi pueril sinceridad la puso en un compromiso, me dijo: "Niño, por la boca muere el pez". Como cualquiera puede imaginar, no entendí ni de lejos lo que me quiso decir mi tía con semejante sentencia lapidaria, pero me mantuvo entretenido toda la tarde. Por la boca muere el pez...¡Qué ocurrencias más graciosas tienen a veces los adultos!, pensé; y en esto de las ocurrencias graciosas mi tía Charito era la número uno, siempre tenía alguna y siempre tan seria y tajante.
Así que por la boca muere el pez...Entonces tendría que tener mucho cuidado a partir de ahora, porque si muere el pez también podría pasarme algo a mí. Decidí guardar bien guardado ese pr…

Compañeros para un viaje

Entre tanto yo admiraba las baratijas del escaparate, impresionado por el contraste del metal, los vidrios, las cajitas acolchadas de algodón y lo que yo pensaba que eran finísimas joyas traídas de algún lugar remoto después de una peligrosa aventura, como creía yo que sucedía siempre con las joyas. Mis tíos y mi padre, dentro de la tienda, negociaban con el dueño los precios de alguna adquisición y me permitieron esperar fuera. En la calle, las aceras bullían con un trasiego continuo de gente, todos con sus gruesos abrigos, sus bufandas y sus guantes de colores apagados, sobre un fondo primaveral en el abril más frío que recuerdo. Se habría dicho que no cabía tanta gente en Madrid, pero ahí la tenía, frente a mí, en una sola calle. Naturalmente, hoy sé que el espacio en la ciudad es casi infinito, pero por aquel entonces contaba yo cinco años y era mi primera visita a la ciudad. No fue hasta seis años después cuando comprendí que los espacios son relativos, inversamente proporcionale…

Follas Novas

Pululaba yo por mi casa una tarde de invierno sin nada que hacer. Si no recuerdo mal, debía tener unos diez o doce años, una mala edad para aburrirse, porque siempre se le ocurren a uno mil y una formas de matar el tiempo, y ninguna buena. Por aquel entonces pasaba mucho tiempo solo porque mis padres trabajaban, y con mi casa tan sola como yo, toda para mí, los objetos parecían moverse con una alegría liberadora. Aparecían ante mí de una manera nunca vista en compañía. Algunos, de pronto, surgían por primera vez, habiendo estado siempre ahí, pero desapercibidos hasta entonces. No se trataba de un fenómeno paranormal, sino de una fiesta de mis sentidos, de repente relajados, sin acompañante, libres para posarse donde nunca antes lo habían hecho y para abordar armarios y estanterías con el descaro de un pirata. La realidad se ensanchaba y el fondo de las camas era un almacén de secretos, las cintas de video portadoras de enigmas y los libros guardianes de una sabiduría fuera de mi alcan…

Saludo

Un amigo me ha recomendado publicar lo que escribo en un blog, por aquello de las telarañas en el cajón, así que aquí estoy, completamente perdido y sin saber muy bien por donde empezar. En principio, entiendo que el número de visitas se reducirá a las propias de la cortesía de mis amigos y al error de algún despistado. En ambos casos lo agradezco de antemano, espero que encontréis algo interesante por aquí. Publicaré con toda la asiduidad que me sea posible. Igual el blog me sirve para ponerme las pilas y recuperar el ritmo de hace algún tiempo.

P.D: El nombre del blog, "La generación de los idiotas", es cortesía de Max, un colega mio con mejor tino que yo para los títulos.
Un saludo a todos y a todas.