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DEMOCRACIA, ASAMBLEARISMO Y PROCESOS DE LEGITIMACIÓN


Nuestra nación defiende la democracia

y unos buenos desagües.

JOHN BETJEMAN


En los Estados fallidos las personas padecen

tanta violencia e injusticia como bajo los gobiernos

autoritarios, y además los trenes no son puntuales.

TONY JUDT


Vivimos un segundo ocaso de la democracia en Europa. El ciclo económico expansivo anterior a 2008 tenía escondida la delgadez de los cimientos éticos, ideológicos y políticos de las democracias occidentales, empeñadas como estaban en el mero crecimiento económico y en la expansión supuestamente infinita de sus mercados. Hubo recursos suficientes para enmascarar mediante el endeudamiento la dificultad real en el acceso de gran parte de la ciudadanía a los recursos más esenciales, y mientras se avanzaba como un tiro, preguntarse por la salud moral de las sociedades occidentales parecía casi un asunto de nostálgicos trasnochados. Nadie parecía reparar en que “la idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva” (John Stuart Mill).

Sin embargo, tres años de dura crisis y peores medidas de ajuste han destapado la debilidad del proyecto de democracia europea, cuestionado fuertemente por unos mercados que exigen su superioridad sobre la política, pero también, cada vez más, por una ciudadanía que toma conciencia de la fragilidad del edificio en el que ha estado viviendo. Y por supuesto, la reivindicación ciudadana en busca de su espacio en democracia es legítima, y tiene múltiples manifestaciones posibles, aunque ha tenido principalmente dos desde el principio de la crisis: el movimiento en torno al sindicalismo de clase y, algo más tardío, los movimientos asamblearios surgidos a partir del 15 de Mayo de 2011.

La diversidad a la hora de organizar la respuesta ante el asalto de los mercados a las democracias europeas se corresponde con la amplitud del marco que ofrece una definición completa de democracia, esto es, una definición que tenga en cuenta los aspectos formales y prácticos de la misma. En cuanto que definición formal y práctica responde a consideraciones de tipo organizativo, del cómo se organiza la sociedad y quién y de qué forma se toman las decisiones, y también en cuanto a la cantidad de bienestar o malestar que la sociedad produce a sus miembros, ya que “ninguna sociedad”, por muy perfecta que sea desde el punto de vista de la democracia formal, “puede prosperar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desdichados” (Adam Smith).


El asamblearismo como democracia formal

El modelo asambleario, en principio, no es más que una de las múltiples formas de organización democrática posibles. En su versión más pura, se trata de un espacio de participación directa, sin intermediarios, en el que cada persona se representa a sí misma y suma su individualidad al resto de individualidades para reflexionar en un espacio común, para tomar decisiones o como proceso de movilización[1]. En su visión meramente formal pueden no pasar de ser un esquema participativo en el que las decisiones adquieren valor por el mero hecho de surgir de un espacio asambleario, pero sin considerar ni las consecuencias ni la libertad real de participación de los miembros de la asamblea. En este sentido, si no se pasa del aspecto formal, pueden ser espacios de participación en nada superiores, desde el punto de vista democrático real, a los parlamentos secuestrados por los mercados, cuya distribución de diputados es, en muchos casos, consecuencia de leyes electorales de origen autoritario, pero cuyas decisiones se definen como democráticas por el espacio del que surgen.

Para una profundización en términos democráticos, el modelo asambleario debe, además de organizarse bajo el esquema de asambleas, sumar algunas consideraciones de carácter práctico y legitimarse.

Es importante no olvidar que, ni una decisión es democrática por el simple hecho de emanar de una asamblea (esto sólo sería así desde el mero formalismo democrático), ni lo es menos una decisión surgida de otros modelos de democracia (por ejemplo los adoptados por asociaciones, movimientos sociales, agentes sociales o partidos políticos), lo que nos permite mantener un “politeísmo” democrático en el que encajan las opciones de la ciudadanía socialmente activa antes del 15 de Mayo de 2011.

Por otro lado, surgen cuestiones de carácter organizativo que, aunque formales, tienen incidencia en la calidad democrática del movimiento asambleario. Desde los ritmos hasta la repetición reiterada de determinadas consignas alusivas a grupos concretos pueden ser objetos limitadores de la libertad real. Una cadencia excesiva de reuniones es limitadora de la participación, ya que impide una adecuada conciliación de la militancia con la vida personal, lo que provoca la salida de personas cuyo deseo es permanecer dentro. Y no es una cuestión de grados de compromiso con determinadas causas, sino de opciones personales o de responsabilidades familiares más allá de las asambleas.

A su vez, la hostilidad reiterada hacia determinados colectivos, o la repetición de mensajes o consignas, aunque sea por parte de una minoría, pueden cohibir a miembros que se identifican de alguna manera con los colectivos destinatarios del desprecio, o simplemente provocar temor a la reacción del auditorio cuando se tiene una opinión distinta a la expresada por esa minoría. Si las tres o cuatro primeras intervenciones en una asamblea, de manera sentenciosa, giran alrededor de lo poco trabajadores, lo caraduras y lo innecesarios que son los funcionarios, por poner un ejemplo, se habrá provocado un efecto anulador entre dicho colectivo y sus defensores, que ahora saben que juegan fuera de casa, aunque el mensaje haya sido lanzado por una minoría. Esa asamblea, en consecuencia, ya solo es democrática desde el punto de vista formal.


El asamblearismo en su sentido práctico

Para superar las limitaciones de la democracia formal es interesante abordar su contenido práctico en un doble sentido. Por un lado desde el punto de vista de las consecuencias derivadas de las decisiones tomadas. Y por otro, desde el punto de vista de la libertad real de participación que ofrecen los espacios excesivamente abiertos. Sólo desde una visión liberal, ingenua, se puede dar validez a un espacio democrático al margen de esta doble consideración.

En cuanto a las consecuencias de las decisiones tomadas por una asamblea determinada, la explicación es sencilla. Los consensos alcanzados en una asamblea pueden producir sufrimiento a otros, o limitar la libertad de los demás, y en ese sentido no pueden ser consideradas decisiones democráticas, excepto desde un punto de vista formal. O pueden provocar resultados positivos y un aumento de la felicidad colectiva, lo que suma democracia a dicho espacio.

En cuanto al segundo punto de vista es más interesante por complejo. La ingenuidad liberal considera la libertad como ausencia de limitaciones a la voluntad de cada individuo. Esto encaja muy bien con una definición formal del asamblearismo. Cada persona decide por sí misma, todas las opiniones son válidas y todas tienen el mismo peso, o así se pretende. Pero atribuirle a priori el mismo peso a todas las opiniones, sin considerar los posibles desequilibrios de poder entre las personas que participan en la asamblea, es un camino hacia el sometimiento de unos en manos de otros. Un ejemplo del ámbito del trabajo lo clarifica perfectamente. Las últimas reformas han orientado las relaciones laborales hacia una creciente individualización. El objetivo es limitar la participación sindical y alcanzar un modelo de relaciones “tú a tú” entre empresarios y trabajadores. En principio, podría considerarse más democrática esta fórmula en la que cada trabajador es consultado directamente sobre su situación laboral, al contrario que al hacerse mediante la Negociación Colectiva, en la que unas organizaciones, tras pasar por un proceso de legitimación, acuerdan para todos los trabajadores (afiliados y no afiliados). Desde el punto de vista asambleario-liberal desde luego el modelo de Negociación Colectiva es tremendamente limitador, mientras la participación directa de cada trabajador es a todas luces más democrática. Sin embargo, esta visión ingenua esconde el desequilibrio de poder entre empresario y trabajadores, que impide la participación libre de los segundos en la toma de decisiones sobre sus condiciones de trabajo.

El ejemplo anterior es aplicable al modelo asambleario. En todos los grupos humanos terminan existiendo desequilibrios de poder de diverso tipo. Algunos tienen que ver con la diferencia en habilidades comunicativas de unos y otros. Otros tienen que ver, simplemente, con que los mensajes de unos pueden encajar mejor con las modas del momento y por lo tanto obtener un refuerzo exterior a la asamblea en los medios de comunicación (por ejemplo los ataques a los funcionarios, al sindicalismo de clase confederal, a la política, etc).

Si las asambleas no cuentan con elementos de corrección que faciliten la libertad real de sus participantes, atendiendo a las consecuencias prácticas de las decisiones tomadas, y también a los desequilibrios de poder y las limitaciones a la participación igualitaria, sólo serán democráticas desde el punto de vista formal. Atender estas cuestiones implica introducir elementos de refuerzo positivo y límites al individualismo. Supone que el formato sea menos “abierto” en su esquema organizativo. No puede organizarse de cualquier forma, sino únicamente en aquellas que permitan corregir los desajustes.


El asamblearismo como democracia real

Voy a denominar con el término “democracia real” a aquella o aquellas definiciones de democracia que tengan en cuenta sus dimensiones formal y práctica, intentando un equilibrio que permita las formas democráticas más participativas corrigiendo los desajustes y las limitaciones a la participación, a veces ocultas, que hemos comentado antes.

En este sentido es interesante valorar el asamblearismo sin posiciones “fundamentalistas”. No puede ser desacreditado simplemente por su aparente carácter utópico, ya que tiene valor dentro de su alcance, sea éste más o menos importante. Ni puede hacerse una defensa acrítica o instalada en el dogmatismo asambleario, o una consideración de superioridad absoluta con respecto a otras formas para organizar la participación. El asamblearismo, como el resto de modelos democráticos, tiene su alcance y sus límites. Dentro de su alcance es capaz de resolver los retos que plantea la organización democrática directa de las personas mejor que otros formatos. Pero más allá de sus límites tropieza, como lo hacen el resto de esquemas organizativos fuera de los suyos. Por eso lanzo una de las conclusiones de este ensayo: el monoteísmo democrático no es democrático. Cada fórmula de participación es eficaz en su alcance y torpe fuera de sus límites. Por eso las distintas formas de participación democrática no se oponen, se complementan.

La conclusión anterior apunta ya hacia algunas consideraciones concretas relativas a la crítica a las instituciones democráticas europeas. Mientras en las décadas siguientes a la II Guerra Mundial las democracias occidentales mostraron perfectamente la eficacia dentro de su alcance, desarrollando los sistemas de protección social, los servicios públicos y las libertades individuales, en las últimas décadas lo que ha quedado en evidencia ha sido su torpeza más allá de sus límites. En concreto, sabiendo que podrían considerarse muchos más elementos, podríamos decir que ha tropezado con sus límites a la hora de compaginar el aumento del bienestar con el mantenimiento del compromiso democrático de la ciudadanía, y a la vez la creación de puentes para la influencia real de la gente en los asuntos públicos. Del mismo modo que no ha sabido ligar el crecimiento económico a un mayor reparto de la riqueza, instalada como ha estado en la identificación democracia-capitalismo.

Sin embargo, una enmienda a la totalidad de las instituciones democráticas o a sus agentes participantes es una temeridad. Desde el punto de vista histórico porque obvia que el ser humano ha alcanzado las mayores cotas de bienestar y felicidad públicas de su historia bajo esta forma de organización social. Desde una perspectiva teórica, porque el análisis sólo se centra en su torpeza fuera de los límites, y no en su habilidad dentro de su alcance. Y desde una consideración práctica, porque en este contexto de desequilibrio de poder, el desmantelamiento de las instituciones democráticas europeas no va a traer una sociedad idílica y más democrática, sino el totalitarismo absoluto de los mercados, que son los que ocupan la posición privilegiada en este desequilibrio.


Democracia y procesos de legitimación

Hay un último punto interesante a la hora de valorar la legitimidad democrática del asamblearismo. ¿Hasta qué punto las decisiones tomadas por una determinada asamblea deben ser consideradas por la sociedad? ¿Qué les legitima a ser considerados? Desde mi punto de vista hay dos opciones posibles: que la asamblea esté formada por la práctica totalidad de la sociedad participando de forma directa, o que la asamblea, aún formada por una minoría, represente a la mayoría de la sociedad, para lo cual debe pasar por un proceso de legitimación en el que la sociedad entera sea preguntada sobre quién debe formar parte de dicha asamblea y para qué.

Si la asamblea la forma una minoría del colectivo en cuestión y no se somete a un proceso de legitimación, entonces se encuentra ante dos vías posibles: ser un espacio de reflexión y para la movilización, sin pretensiones a la hora de decidir sobre aspectos de interés general; o bien tratar de decidir, aún sabiendo que supone la imposición de una minoría no legitimada sobre la mayoría no consultada. Se trata de humildad o totalitarismo.

Las asambleas populares de los últimos meses son espacios plurales de participación, donde personas de muy diferente ideología están tratando de llegar a consensos alrededor de temas fundamentales. Como espacios para la reflexión y la movilización han tenido un éxito considerable, sobre todo en su primera etapa. Sin embargo, existen también planteamientos de sustitución de las actuales instituciones democráticas, o al menos, a partir del 11 de Junio con la convocatoria de concentraciones de rechazo en los actos de constitución de los Plenos Municipales, se ha marcado un carácter diferenciador y de oposición a tales instituciones. En mi opinión, y por lo que he podido conocer de algunas asambleas de este movimiento, no es un tema resuelto por su parte. Una cantidad importante de participantes no tiene intereses más allá de la reflexión colectiva y la propuesta de movilización. Mientras este sea el esquema y se corrijan los desajustes propios del asamblearismo “liberal” pueden convertirse en un buen complemento para las democracias europeas, ahora en proceso de descomposición, tanto por los ataques del capitalismo antidemocrático como por sus propios vicios. Sin embargo, si el debate se resuelve con pretensiones de convertir el asamblearismo del movimiento 15M en un sustituto de las instituciones actuales, entonces deben pasar por un proceso que les legitime como representantes de la sociedad, ya que en las asambleas, aunque numerosas, no está la sociedad entera, ni siquiera una mayoría suficiente. Lo contrario sería un tránsito hacia posiciones que pueden rozar el totalitarismo, siendo únicamente democracia en lo formal.

Podemos enunciar una segunda conclusión. Desde mi punto de vista, hay tres opciones democráticas posibles para el movimiento asambleario:

· Que las asambleas alberguen a la sociedad entera, asunto bastante improbable.

· Que siendo, como son, minoritarias, se limiten a la reflexión y a la organización de movilizaciones, que la sociedad secundará de manera más o menos masiva.

· Que si se opta por ser un espacio para la toma de decisiones, siendo como son minoritarias, pasen por un proceso de legitimación ante la sociedad entera.


Algunas conclusiones

El movimiento asambleario ha generado espacios de participación importantes en miles de ciudades y pueblos de nuestro país. Si bien ya existían espacios asamblearios antes del mes de Mayo de 2011, ha sido a partir de este momento cuando han reivindicado su protagonismo en el panorama social y político de nuestras calles, siendo, sobre todo en su origen, un movimiento masivo. Sin embargo, no cabe suponer que el modelo asambleario sea el único modelo democrático de organización social. Ni siquiera, en mi opinión, puede considerarse por encima de otros modelos, pues como dijimos más arriba, cada forma organizativa tiene su alcance y sus límites, y se muestra hábil dentro de sus ventajas, y torpe o incapaz en sus límites. Por eso enunciamos la primera conclusión: el monoteísmo democrático no es democrático. Cada fórmula de participación es eficaz en su alcance y torpe fuera de sus límites. Por eso las distintas formas de participación democrática no se oponen, se complementan.

En base a lo anterior, un intento por parte del movimiento asambleario de ser sustituto de otro tipo de espacios puede estar deslegitimado desde el punto de vista democrático, al menos si trascendemos las definiciones puramente formales de democracia. Una definición real de la democracia debe incluir también consideraciones prácticas y cuestiones relativas a la legitimidad. Ya que las asambleas no nos representan, la única manera de convertirlas en el sustituto de los plenos municipales o los parlamentos es que en dichas asambleas participe la sociedad entera, y eso no está pasando, o que las asambleas se trasformen en elementos representativos, para lo cual la ciudadanía debe ser consultada para legitimar o no a la asamblea y, muy importante, a cada uno de sus miembros.

Del párrafo anterior se desprende una múltiple conclusión: hay tres opciones democráticas posibles para el movimiento asambleario:

· Que las asambleas alberguen a la sociedad entera, asunto bastante improbable.

· Que siendo, como son, minoritarias, se limiten a la reflexión y a la organización de movilizaciones, que la sociedad secundará de manera más o menos masiva, legitimando o no a través del éxito de la movilización cada propuesta, aunque no así la asamblea como tal.

· Que si se opta por ser un espacio para la toma de decisiones, siendo como son minoritarias, pasen por un proceso de legitimación ante la sociedad entera.

Sería injusto concluir, en base a los argumentos de este ensayo, mi oposición al asamblearismo. Como politeísta democrático que soy, lo defiendo al igual que defiendo otro tipo de espacios. Pero del mismo modo que reconozco los límites y los vicios de la democracia representativa, y me gustaría verla complementada con otras formas de participación directa, también veo las debilidades del movimiento asambleario. Es importante en un momento de auge del asamblearismo entre la izquierda que la apuesta por la asamblea se haga desde posiciones críticas y desde el pensamiento divergente, no desde posiciones dogmáticas (que también son posibles en los modelos asamblearios). Se trata de saber que un deporte no es mejor que otro, sino que la suma de todos configuran El Deporte. La democracia real es plural o no lo es. Y la humildad en los asuntos políticos es fundamental, porque la vida da muchas vueltas, y hay siempre un riesgo cierto de morir de éxito.



[1] Ejemplo de asambleas como recurso para la movilización fueron las convocadas a las 20.00 en la Puerta del Sol en la primera etapa del movimiento 15M. Respondían al modelo asambleario únicamente en lo formal, ya que la asistencia de más de 20.000 personas hacía imposible la participación real, pero fueron una herramienta movilizadora, o mejor dicho, una movilización en sí mismas.

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