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La deshumanización del tiempo


Sería interesante escribir una historia del tiempo, un recorrido por el valor y el sentido que el tiempo ha tenido a lo largo de nuestra historia y para cada cultura. En occidente, por ejemplo, se sacralizó enseguida, primero como mecanismo de consolidación de los ciclos de las estaciones en la dinámica social (había que comportarse y hacer cosas distintas para prepararse y sobrevivir en cada estación), y después separando su dimensión terrenal de la celestial. Bajo la promesa de vida eterna del cristianismo se consagraba el tiempo tras la muerte, se degradaba el tiempo como valor en vida.

La edad moderna nos ayudó a desacralizarlo. A medida que se consolidó como fundamental en física fue adquiriendo un papel instrumental en dos sentidos. El tiempo era un elemento humano en la medida en que nos servía para explicar los fenómenos físicos, y además podía medirse. Pero también era parte del escenario de la vida (junto con el espacio físico). Fue una conquista formidable. Nos apropiamos del tiempo, que comenzó a tener un valor, una disponibilidad. Aparecen el tiempo libre y el ocio, esos paréntesis vitales en los que terminamos por desarrollarnos de manera plena, en ocasiones, más que en nuestros trabajos. "Ahorramos" tiempo para invertirlo en nuestra "vida personal", como si la vida más allá del tiempo libre fuese una vida de otro.

Pero hoy el profesor Fernando Roch se lamenta de que "ni siquiera queda un lugar para el viejo reloj que en su día sustituyera a las campanadas de la torre cuando se desacralizó el tiempo". Construimos ciudades dispersas en las que el tiempo de desplazamiento al trabajo aumenta. Se desregulan jornadas, se estiran las horas trabajadas, se reduce el beneficio y aumenta la necesidad de invertir cada vez más tiempo para la supervivencia. Esto es aún más claro en el caso de las mujeres, que compatibiliza tareas laborales y de cuidado de terceros en grado muy superior a los hombres, además de transitar por la ciudad de manera menos pendular que éstos.

Sin duda, una de las consecuencias del neoliberalismo ha sido la deshumanización del tiempo. No ha vuelto a sacralizarse, sencillamente se ha disuelto. Aprovechando la crisis para llevarnos a un nivel cercano al de la supervivencia, el tiempo es una de esas cosas que uno tiene que sacrificar para salir adelante, y casi con vergüenza podemos reivindicarlo. Apretarse el cinturón también era esto: niños que entran al colegio a la hora del desayuno y salen al anochecer después de las actividades escolares, padres y madres haciendo equilibrismo con sus horarios para encajar a los hijos con sus familiares, trayectorias académicas interrumpidas por las jornadas laborales partidas, fines de semana de apenas unas horas, trabajando sábados y domingos. No hay salario que compense la falta total de tiempo personal. Esta había sido una gran conquista de la modernidad (para algunos) y del mundo del trabajo (para todos). En este occidente cada vez menos humano también hemos deshumanizado el tiempo.

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