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El voto a "la contra" no moviliza


Ha ganado Trump. Lo veíamos venir pero no queríamos mirar. Y ahora que ya está aquí, cuanto menos deberíamos extraer alguna conclusión útil. ¿Por qué un personaje sin experiencia política, xenófobo y machista, que no tenía siquiera el apoyo pleno de su partido ha podido ganar las elecciones? En mi opinión, en parte se explica por la poca calidad de una rival, Hillary Clinton, que tenía demasiadas contradicciones en su trayectoria política. Pero no sólo. Como en el referéndum sobre el Brexit, el voto a la contra no ha servido para movilizar a una mayoría social que, con toda seguridad, desprecia a Donal Trump.

Tenemos que ir más allá de la poca calidad de la oponente. En el referéndum inglés, grandes figuras de la política británica defendieron la permanencia en la UE y perdieron la batalla. ¿Qué está pasando? Creo que varias cosas.


Hay un desgaste del proyecto democrático en sí mismo y en todo el planeta.

Las imperfectas democracias occidentales del siglo XIX se consolidaron definitivamente después de la segunda Guerra Mundial. Tras comprobar los efectos del exceso de pragmatismo tacticista con los tiranos (Europa y EEUU fueron muy complacientes con Hitler en sus primeros años de mandato), parece que entendimos que el proyecto europeo, incluso desde la perspectiva únicamente económica, necesitaba de la paz social de la democracia. Además, había que oponerle al bloque comunista un grado de bienestar suficiente para evitar tentaciones revolucionarias. Se amplió el marco democrático con nuevos derechos, con un mejor reparto de la riqueza a través de la negociación colectiva de los sindicatos, del sistema fiscal y los servicios públicos, y se extendió en cierto modo un ideal solidario. Era necesaria una ética de la solidaridad para mantener el entramado social de los Estados del Bienestar.

Pero hace décadas que la desigualdad aumenta, que occidente es cómplice de nuevos tiranos, que la gente no ve cómo el sistema democrático resuelve sus problemas. No ha sido sólo la crisis. En EEUU o Inglaterra el desmantelamiento del estado social comenzó en la década de los 80.

Por eso, apelar al riesgo que supone el candidato republicano para la democracia es muy poco movilizador. Ya lo he escrito en otra parte, pero la gente vota a quien entiende que va a defender mejor sus intereses concretos, y es capaz de votar opciones antidemocráticas si entiende que defienden mejor esos intereses. ¿Y por qué la gente piensa que Trump, Rajoy o el Brexit representan mejor sus intereses? Por el punto siguiente.


La izqueirda necesita dar el salto desde la retórica hasta la articulación política de un proyecto alternativo creíble.

No le echemos la culpa al empedrado. La izquierda ha sido la mayor fuente de progreso y bienestar del planeta. Esto es indiscutible. Derechos humanos, servicios públicos, lucha contra la violencia de género o contra la pobreza. Podríamos enumerar una lista interminable. Pero no ha renovado su proyecto. Lo ha intentado, pero lo ha hecho mal.

La socialdemocracia pensó que renovarse era aceptar como paradigma de la nueva modernidad una parte del discurso del enemigo, y pasaron a ser social-liberales. La izquierda alternativa de origen marxista no ha sido capaz de sumar más allá de su núcleo de convencidos. Y el populismo de izquierdas no deja de ser un voto a la contra, que confunde la renovación del discurso con la negación del conflicto, lo que le aleja poco a poco de los problemas reales de la gente. Sirven para canalizar la indignación, pero no han sido creídos como una alternativa.

Renovar el proyecto de la izquierda hoy pasa por conciliar dos cuestiones que la socialdemocracia ha venido planteando como antagónicas en las últimas décadas. Tiene que ser un proyecto creíble, con metas alcanzables también en el corto plazo. Pero tiene que ser verdaderamente transformador de la realidad. No puede sacrificarse una cosa por la otra. Pero además, tiene que articularse desde el conflicto diario que viven las personas trabajadoras, y en este sentido, me parece que debe contener, al menos, un programa para cada una de estas tres cosas:

Trabajo digno y pleno empleo.
Un futuro para el planeta, alrededor de una economía medioambientalmente sostenible.
Un nuevo pacto social alrededor de la igualdad, la lucha contra la pobreza y la protección de las personas.

Donal Trump ha ganado porque ha tenido una posición clara en el conflicto que plantean estas tres cosas. Sobre el empleo, habla de proteccionismo y expulsión del competidor inmigrante. Sobre medio ambiente, es negacionista y sitúa la recuperación del desarrollismo sin freno como un elemento nostálgico de la grandeza americana, además de un motor de creación de empleo. Y sobre igualdad, lo tiene claro: como representa al WASP (hombre blanco anglosajón y protestante), ha venido planteando la igualdad como un conflicto entre mediocridad frente a excelencia, además de como un intento de los de fuera de quitarle al WASP lo que le es propio como ciudadano americano.

Hecho esto, los riesgos que semejante personaje pueda tener para la democracia son un asunto menor para millones de americanos que entienden que, incluso sin democracia, Trump les garantiza una vida mejor.


La política hoy tiene mucho de espectáculo: nunca los medios de comunicación habían influido tanto en la política.

Por otro lado, los medios de comunicación han contribuido mucho a la banalización de la política, que cada vez parece más un espectáculo en el que el postureo sustituye a los argumentos. Se buscan golpes de efecto, que muchas veces no tienen un gran recorrido real, pero que son la única manera de llamar la atención de unos medios que sólo atienden a liderazgos histriónicos, discursos provocadores y otros elementos de contribuyan al espectáculo.

En este escenario es difícil colocar mensajes que vayan más allá del folclore. Si se quiere hilar fino, el ruido mediático es una dificultad en ocasiones insalvable. Pero si uno quiere provocar, y en esto Trump es un especialista, puede llegar a moverse como pez en el agua.


El voto a la contra no moviliza

Como conclusión, no es suficiente apelar al mal menor para movilizar el voto. Los votantes queremos votar opciones que nos convenzan, no contra opciones que nos atemorizan. Y esto es especialmente cierto en los votantes de izquierdas. Es imprescindible construir una alternativa global al proyecto neoliberal, que tiene que tener traslado en los ámbitos nacionales y continentales. Mientras tanto, a la derecha sólo le hace falta esperar a que el gobierno le siga cayendo en las manos por incomparecencia del enemigo.


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